Ayer vino el Diablo aquí, ayer estuvo el Diablo aquí, en este mismo lugar. Huele a azufre todavía
Hugo Chávez:
Por Octaviano Lozano Tinoco
Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el ultra republicano enterró la política y la diplomacia para imponer por la fuerza su agenda. Ya no invade; ordena, amenaza y exige.
Es la actualización de “América para los americanos”, la política exterior más antigua de Estados Unidos, enunciada hace 200 años por el presidente James Monroe.
El 2 de diciembre de 1823, Monroe advirtió al Congreso que los continentes americanos, libres e independientes tras romper con España, Francia y Portugal, no serían objeto de futura colonización europea. Cualquier intervención sería tomada como una agresión contra Washington. A cambio, prometió no inmiscuirse en asuntos europeos.
Trump la rebautizó como doctrina Donroe. Misma lógica imperial, nuevo envase: ya no golpes de Estado, sino presidentes aliados impuestos en las urnas.
En el siglo XX, Washington respaldó a los militares golpistas para frenar lo que llamaba “el avance del comunismo” en la Guerra Fría contra la desaparecida Unión Soviética. Según archivos desclasificados de la CIA y el FBI, brindó apoyo logístico, financiero, de inteligencia y entrenamiento a las dictaduras del Cono Sur.
El 25 de noviembre de 1975, oficiales de Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay se reunieron en Santiago para crear el “Sistema Cóndor”. Conocido como Operación o Plan Cóndor, fue una red de terror transnacional para perseguir opositores en el exilio. Dejó un legado de tortura, secuestros, desapariciones y asesinatos.
Se sostenía en tres pilares: centralización de inteligencia sobre actividades subversivas en una base de datos en Santiago; un canal de comunicación encriptado; y la Oficina de Coordinación y Comando Avanzado para operaciones conjuntas. Argentina, Chile y Uruguay sumaron la unidad Teseo para cazar exiliados en Europa. Causó la muerte y desaparición de unas 50 mil personas, según los Archivos del Terror.
Hoy opera el Cóndor 2.0. No desaparece personas, fabrica presidentes. No usa centros clandestinos, usa granjas de bots, redes sociales inundadas de mentiras y noticias falsas para que el elector vote por candidatos de derecha.
La estrategia ya arrasó en Ecuador y Chile. Se impuso por la mínima en Perú y Colombia. La peruana Keiko Fujimori, en su cuarto intento, es el caso más reciente. Cuando el colombiano Abelardo de la Espriella asuma el 7 de agosto, la región tendrá una docena de jefes de Estado a la derecha del centro. Contrasta con inicios de 2023, cuando 11 países eran gobernados por distintas izquierdas.
Brasil y México, las dos mayores democracias por padrón, aún resisten con gobiernos progresistas. Pero Brasil va a elecciones este domingo 4 de octubre en un duelo clave: Luiz Inácio Lula da Silva busca reelegirse para frenar a Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, sentenciado por intentar un golpe de Estado al desconocer el triunfo de Lula.
Trump afirmó que sigue “muy de cerca” la elección brasileña, en plena tensión con el gobierno de Lula.
En ese tablero estalló el caso Cerimedo. El consultor argentino Fernando Cerimedo, estratega digital de Javier Milei y Jair Bolsonaro y vinculado al movimiento MAGA, está detenido en Bolivia acusado de tentativa de feminicidio contra su expareja, la abogada Nadia Beller.
A dos días de la captura del fiscal general boliviano Roger Mariaca —a quien Washington revocó la visa y acusó de recibir sobornos para facilitar el narcotráfico en la investigación del caso Cerimedo— el vicepresidente Edmand Lara denunció que el gobierno orquesta un montaje para detenerlo y dijo temer por su vida. Lara había difundido el martes un audio que involucraría al exjefe antinarcóticos Franz Cabrera y al propio Cerimedo en la fabricación de causas judiciales para “sacar del camino” a figuras políticas.
Hoy es Brasil. En 2027 será México, donde ya se articula toda la maquinaria para impedir que continúe la Cuarta Transformación.
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